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De Qué Hablo Cuando Hablo De Correr
Haruki Murakami
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Passages
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01
No puede decirse que yo esté hecho para los deportes de equipo. Para bien o para mal, es algo con lo que se nace. Siempre que juego al fútbol o al béisbol (salvo durante mi infancia, es algo poco frecuente), no puedo evitar sentirme ligeramente incómodo. Tal vez se deba a que no tengo hermanos, pero lo cierto es que los juegos de equipo no me apasionan nada. En cuanto a los juegos en que se enfrentan dos personas, como el tenis, tampoco puedo decir que sean mi fuerte. El squash me gusta, pero, cuando juego un partido, tanto si gano como si pierdo, no acabo de quedarme convencido. Los deportes de combate también se me dan mal. Por supuesto, yo también tengo mi pundonor y no me gusta perder. Pero desde antaño, no sé por qué, nunca he tenido especial interés en competir con los demás para ver quién gana o pierde. Y esta tendencia no ha cambiado, en general, al hacerme adulto. En este y en otros ámbitos, no me preocupa en exceso si gano o me ganan. Me interesa más ver si soy o no capaz de superar los parámetros que doy por buenos. Y, en este sentido, las carreras de fondo encajaban perfectamente con mi mentalidad. Si uno prueba a correr un maratón se da cuenta de ello: a los corredores de fondo no les importa demasiado que otro corredor les supere o superar a otro durante la carrera. Por supuesto, si uno llega a ser un corredor de elite de los que aspiran a la victoria, entonces superar al rival que se tiene delante cobra mucha importancia, pero en general, para los que no formamos parte de esa elite, una victoria o una derrota en particular no es crucial. Es posible también que, entre estos últimos, haya quien corra con la motivación de no querer que le gane tal o cual persona, y quizás eso les sirva de estímulo para entrenar. Pero si tu motivación para correr una carrera desaparece (o disminuye) cuando determinado rival, por los motivos que sean, no puede participar en ella, está claro que no aguantarás mucho como corredor. La mayoría de los corredores suele afrontar las carreras fijándose de antemano un objetivo concreto, del estilo: «Esta vez intentaré hacerlo en tal tiempo». Si consiguen recorrer cierta distancia en el tiempo que se han fijado, entonces «han conseguido algo», y, si no lo logran, entonces «no lo han conseguido». Pero, aun suponiendo que no logren correr en el tiempo que se han fijado, si al acabar sienten la satisfacción de haber hecho todo lo posible, si experimentan una reacción positiva que les vincule con la siguiente carrera, la sensación de haber descubierto algo grande, tal vez ello suponga ya, en sí mismo, un logro. En otras palabras, el orgullo (o algo parecido) de haber conseguido terminar la carrera es el criterio verdaderamente relevante para los corredores de fondo.
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02
Tal vez parezca un poco estúpido que alguien de mi edad deje constancia por escrito y a estas alturas de lo que ahora comentaré, pero, para dejar claras las cosas, debo decir que soy más bien de los que prefieren estar solos. O, para expresarlo con mayor precisión, yo soy de esos a los que no les produce tanto sufrimiento el hecho de estar solos. Correr cada día completamente solo durante una hora o dos sin hablar con nadie, o pasar cuatro o cinco horas escribiendo a solas y en silencio frente a una mesa, no me resulta especialmente duro ni aburrido. Ha sido así, sin grandes cambios, desde que era joven. Prefería leer un libro a solas y en silencio, o escuchar música concentrado, a hacer algo con alguien. Si se trataba de hacer algo solo, se me podían ocurrir un montón de cosas.
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03
Debido a mi carácter, cuando proyecto hacer algo, sea lo que sea, no me quedo satisfecho si no me involucro al cien por cien. Yo habría sido absolutamente incapaz de hacer una jugada tan buena como la de confiarle mi negocio al primero que pasara mientras yo me iba a escribir a otra parte. Si me ponía a ello con toda mi alma y, aun así, no funcionaba, acabaría por resignarme. Pero, si fracasaba por haberlo intentado sólo a medias, iba a lamentarlo el resto de mis días.
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04
Nunca he podido soportar que me obliguen a hacer lo que no quiero y cuando no quiero. En cambio, si me permiten hacer lo que quiero, cuando quiero y del modo que quiero, lo hago con un empeño superior a la media.
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05
Así es la escuela. Lo más importante que aprendemos en ella es que las cosas más importantes no se pueden aprender allí.
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06
No existe en ninguna parte del mundo real nada tan bello como las fantasías que alberga quien ha perdido la cordura.
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07
Por su parte, los escritores que no están dotados de tanto talento (o que no tienen más remedio que ir tirando con el justito que poseen) tienen que ir ganando fuerza muscular ya desde jóvenes. Alimentan su capacidad de concentración a base de entrenamiento y trabajan su constancia. Se ven obligados a utilizar esas capacidades (hasta cierto punto) como «sustitutivos» del talento. A veces, sin embargo, ocurre que, mientras «capean el temporal» de ese modo, descubren por casualidad el verdadero talento oculto que albergaban en su interior. Mientras cavan a pico y pala, a costa de mucho empeño y sudores, un agujero a sus pies, se topan por casualidad con esa veta de agua secreta que yacía dormida en lo más profundo del subsuelo. Menuda suerte, ¿no? Pero es que, si nos remontamos al origen, lo que ha hecho posible esa «suerte» es el entrenamiento que han realizado, desde hace tanto tiempo, para adquirir la fuerza que les permitiera cavar ese agujero tan profundo. Supongo que los escritores que vieron florecer su talento en los últimos años de su vida experimentaron, en mayor o menor medida, un proceso como éste.
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