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Kentukis
Samanta Schweblin
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Passages
12 of 15, in reading order
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01
Antes de encender el dispositivo, verifique que todos los hombres estén resguardados de sus partes peligrosas. Manual de seguridad Retroexcavadora JCB, 2016
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02
En cuanto los dos kentukis empezaron a moverse, algunos ancianos se acercaron. Los conejos circulaban entre sus pies y ellos levantaban trabajosamente las piernas para dejarlos pasar, como si se tratara de juguetes a fricción incapaces de esquivar los obstáculos. No pasaron ni diez minutos cuando uno de los kentukis se estacionó junto al ventanal principal, y no volvió a moverse. Se había desconectado solo y Eider tuvo que explicarle varias veces a Camilo que no había mucho que pudiera hacerse al respecto. Hasta donde ella sabía, si el usuario de un kentuki quería abandonar el «juego», el aparato ya no podía volver a usarse. –¿Crees que sea por los viejos? –preguntó Camilo. Era algo en lo que Eider no había pensado. Nunca se le hubiera ocurrido que ahora, además de todas las especificaciones que había que leer si se compraba un electrodoméstico nuevo, había que pensar también si sería digno para ese objeto vivir o no con uno. ¿Quién pensaría, frente a la góndola de un supermercado, si el ventilador que está pensando en llevarse a casa estaría de acuerdo en ventilar a un padre en pañales mientras mira la televisión?
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03
En realidad, nada en absoluto del mundo ordinario podía enojar al artista, su energía estaba destinada a asuntos superiores. Alina envidiaba la tranquilidad con la que Sven hacía de su vida exactamente lo que quería. Él avanzaba, ella oscilaba detrás de la estela que él iba dejando, intentando que no se le escapara de las manos. Correr, leer, el kentuki, todos sus planes eran planes de contingencia.
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04
Lo importante, se repetía siempre Grigor, era mantener los dispositivos activos. No era un requerimiento técnico, es decir, incluso si no se usaba un kentuki durante días, las conexiones IP asignadas seguían funcionando; había estudiado el tema en redes sociales, foros, conversaciones de aficionados y todo tipo de sitios especializados, y estaba seguro de que desatender un dispositivo no implicaba perderlo. Pero si quería vender esas conexiones tenía que mantenerlas vivas y en buenos términos con sus amos. Tenía que encenderlas diariamente, un buen rato cada una, circular e interactuar. Era una actividad que no había calculado en toda su magnitud y estaba llevándole demasiado tiempo. De hecho, había perdido un kentuki por esa razón, en la inexperiencia y la desorganización de la primera semana. Lo había descuidado más de dos días y su ama –una rusa rica e impaciente que no habría soportado que la ignoraran durante tanto tiempo–, terminó desconectándolo. El K1099076, instalado en su tablet número 3, había arrojado una alerta roja con su último mensaje: «Conexión finalizada».
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05
Recordó a su madre diciendo que nadie limpia la mugre propia como uno mismo.
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06
Si Alina hubiera descifrado mejor qué era exactamente un kentuki no habría comprado un aparato, sino que habría optado por «ser» kentuki, sin ninguna duda era una condición que le iba mucho mejor. Aunque al final, si una no elige a los padres, ni a los hermanos, ni a las mascotas, ¿por qué entonces tendría la libertad de elegir de qué lado de un kentuki estar? La gente pagaba para que la siguieran como un perro el día entero, querían a alguien real mendigando sus miradas.
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07
«Ser» kentuki, pensó Alina, esa era una condición mucho más intensa. Si ser anónimo en las redes era la máxima libertad de cualquier usuario –y además, una condición a la que ya era casi imposible aspirar–, ¿cómo se sentiría entonces ser anónimo en la vida de otro?
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08
Quienquiera-que-fuera podría tomar fotos, podría grabar su pantalla, podría pajearse dentro de un cuervo de plástico afelpado. Pero a diferencia del tropel de esa residencia, ella no era artista de nada, ni maestra de nadie. Y no ser nadie era otra forma de anonimato, una que la volvía tan poderosa como él, y quería dejárselo bien claro.
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09
Eso era lo que más necesitaba ahora, alguien real a quien decirle lo que fuera.
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10
–Es perverso –dijo Alina revolviendo su taza–, no hay cuándo descansar de ese bendito kentuki. Ya no lo soporto. –¿Ya no te gusta el Coronel Sanders? –Carmen cerró los ojos y estiró el cuello hacia los últimos rayos de sol. Era extraño verla sin su fondo de bibliotecaria–. Siempre se los puede hacer rodar loma abajo, ¿no? No era eso lo que Alina quería. Quería descansar, quería ser ella la que decidiera cuándo se podía o no circular por su habitación y por su vida. Era indignante que no fuera el «amo» el que pudiera imponer sus tiempos.
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11
Emilia pensó que eso era mucho dinero. Y tardó un segundo más todavía en darse cuenta de que su hijo le había comprado a ella la conexión a un kentuki, y en cambio, para él, se había comprado un kentuki real, uno como el que Eva tenía en Erfurt. ¿Prefería su hijo «tener» a «ser»? ¿Y qué le decía eso de su propio hijo? No quería descubrir nada incómodo, y aun así, si la gente podía dividirse entre los que eran «amos» y los que preferían «ser», la intranquilizaba estar del lado opuesto al de su hijo.
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12
–Tenemos un problema –dijo. A Grigor le extrañó no encontrar la mesa cubierta de tablets. Nikolina, el pulpo de brazos largos y vértebras marcadas que tanto lo había desconcertado el primer día, trabajaba vorazmente, llevando diez y hasta doce conexiones al mismo tiempo sin tomarse ni un respiro. Y en cambio ahora había una única tablet frente a ella, sobre la mesa, sola. –Esta chica –dijo Nikolina, acercándosela. Él nunca se refería a sus conexiones por los amos a las que estaban linkeadas. No trabajaba con personas, sino con dispositivos vinculados a determinados números IMEI: tecnologías telefónicas, sistemas hexadecimales y un vistoso bloc de planillas de datos. ¿Quién era «esta chica»?
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