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Juan
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Sumisión

Michel Houellebecq

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Passages

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  1. 01

    Entornó los ojos, sorprendida, y durante unos segundos tuve la impresión de que se planteaba verdaderamente la cuestión y, de golpe, también yo me la planteé por un breve instante, antes de darme cuenta de que no tenía respuesta a esa pregunta, como no la tenía para ninguna otra.

  2. 02

    Me resultaba fácil comprender la atracción por la vida monástica a pesar de ser consciente de que mi punto de vista era muy diferente del de Huysmans. No lograba sentir el asco hacia las pasiones carnales del que él hacía gala, ni siquiera imaginármelo. Mi cuerpo era la sede de diversas afecciones dolorosas —migrañas, enfermedades de la piel, dolor de muelas, hemorroides— que se sucedían sin interrupción, sin dejarme prácticamente nunca en paz, ¡y solo tenía cuarenta y cuatro años! ¿Cómo sería cuando tuviera cincuenta, sesenta o más…? Entonces no sería más que una yuxtaposición de órganos en lenta descomposición, y mi vida se convertiría en una incesante tortura, monótona y sin alegría, mezquina. Mi polla era en el fondo el único de mis órganos que nunca se había manifestado a mi conciencia a través del dolor sino del placer. Modesta pero robusta, siempre me había servido fielmente, o quizá por el contrario era yo quien estaba a su servicio, la idea podía sostenerse, pero en tal caso su férula era muy dulce: nunca me daba órdenes, a veces me incitaba, humildemente, sin acrimonia y sin cólera, a inmiscuirme más en la vida social. Sabía que esa noche intercedería a favor de Myriam, siempre había tenido buena relación con Myriam, Myriam siempre la había tratado con afecto y respeto, y eso me dio un placer enorme. Y en general, no tenía muchas fuentes de placer; en el fondo ya solo tenía esa. Mi interés por la vida intelectual había disminuido mucho; mi existencia social no era mucho más satisfactoria que mi existencia corporal, también se presentaba como una sucesión de pequeños problemas —lavabo embozado, Internet averiado, pérdida de puntos del carnet de conducir, mujer de la limpieza deshonesta, error en la declaración de la renta— que también se sucedían sin interrupción, sin dejarme prácticamente nunca en paz. Imagino que en el monasterio se elude la mayoría de esos problemas; se descarga el fardo de la existencia individual. Se renuncia, igualmente, al placer; pero se trata de una elección soportable. Era una lástima, me dije prosiguiendo mi lectura, que Huysmans hubiera insistido tanto, en En camino, sobre su asco hacia sus excesos pasados; quizá, en eso, no había sido enteramente honesto. Lo que le atraía en el monasterio, sospechaba yo, no era ante todo que allí escapara de la búsqueda de los placeres carnales: era más bien que allí uno podía liberarse de la agotadora y monótona sucesión de las pequeñas preocupaciones de la vida cotidiana, de todo lo que tan magistralmente había descrito en A la deriva. En el monasterio, por lo menos, le aseguraban a uno un techo y un plato en la mesa, y en el mejor de los casos la vida eterna de propina.

  3. 03

    Una noche en que me había entregado a una de esas sesiones de rascado me levanté con los pies ensangrentados y fui hasta el ventanal. Eran las tres de la madrugada pero la oscuridad, como siempre en París, era solo parcial. Desde mi ventana se distinguían une decena de rascacielos, varios cientos de edificios de tamaño medio. En total miles de apartamentos, y también de familias, familias reducidas en general en París a una o dos personas, y cada vez más a menudo a solo una. En ese momento, la mayoría de esas unidades familiares estaban apagadas. Carecía, al igual que la mayoría de esa gente, de una verdadera razón para matarme. Incluso, mirándolo bien, tenía muchas menos: mi vida se había visto jalonada de logros intelectuales concretos, y era reconocido e incluso respetado en un entorno determinado, a buen seguro extremadamente restringido. En el aspecto material, no podía quejarme: tenía la seguridad de beneficiarme hasta mi muerte de un sueldo elevado, dos veces superior a la media nacional, sin tener que llevar a cabo a cambio el menor trabajo. Sin embargo, podía sentirlo, me estaba aproximando al suicidio, sin sentir desesperación ni siquiera una tristeza particular, simplemente por una lenta degradación de la «suma total de las funciones que resisten a la muerte» de la que habla Bichat. Manifiestamente, la mera voluntad de vivir ya no me bastaba para resistir la suma de dolores y quebraderos de cabeza que jalonan la vida de un occidental medio, era incapaz de vivir por mí mismo, ¿y por quién más hubiera vivido? La humanidad no me interesaba, hasta me asqueaba, no consideraba ni remotamente a los humanos mis hermanos, y menos aún si pensaba en una fracción más restringida de la humanidad como la que constituían, por ejemplo, mis compatriotas o mis antiguos colegas. Sin embargo, esos humanos eran mis semejantes, en un sentido desagradable, tenía que reconocerlo, pero era justamente ese parecido lo que me hacía rehuirlos; hubiera necesitado a una mujer: esa era la solución clásica, demostrada, pues una mujer es humana, por supuesto, pero representa un tipo ligeramente diferente de humanidad, y aporta a la vida cierto perfume de exotismo. Huysmans hubiera podido plantearse el problema prácticamente en los mismos términos, la situación no había cambiado mucho desde entonces más que de manera informal y negativa, por lenta descomposición, por allanamiento de las diferencias, pero sin duda incluso eso se había exagerado mucho. Finalmente Huysmans tomó otro camino, optó por el exotismo más radical de la divinidad; pero ese camino seguía dejándome perplejo.

  4. 04 ❦

    La nostalgia no es un sentimiento estético, ni siquiera está ligada al recuerdo de la felicidad, se siente nostalgia de un lugar simplemente porque uno ha vivido allí, poco importa si bien o mal, el pasado siempre es bonito, y también el futuro, solo duele el presente y cargamos con él como un absceso de sufrimiento que nos acompaña entre dos infinitos de apacible felicidad.

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