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Juan
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La Posibilidad De Una Isla

Michel Houellebecq

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Passages

8 of 74, in reading order

  1. 01

    La vida empieza a los cincuenta años, es cierto; con la salvedad de que termina a los cuarenta.

  2. 02

    No hay reglas precisas respecto al relato de vida. El principio puede tener lugar en cualquier punto de la temporalidad, igual que la primera mirada puede detenerse en cualquier punto del espacio de un cuadro; lo importante es que, poco a poco, asome el conjunto.

  3. 03

    Dos semanas antes del estreno, vi claramente la razón del malestar: lo que cada vez me resultaba más insoportable no era siquiera mi cara, ni el carácter repetitivo y convencional de cierta mímica clásica que a veces no tenía más remedio que emplear: lo que ya no conseguía soportar era la risa, la risa en sí, esa súbita y violenta distorsión de los rasgos que deforma el rostro humano, que lo despoja en un instante de toda dignidad. Si el hombre ríe, si es el único, en el reino animal, que muestra esa atroz deformación facial, es también porque, superando el egoísmo de la naturaleza animal, es el único que ha alcanzado la fase infernal y suprema de la crueldad.

  4. 04

    —No es tan fácil tener relaciones a partir de cierta edad, creo yo... —dijo, como si me hubiera adivinado el pensamiento—. Ya no tienes tantas ocasiones de salir, ni tantas ganas. Y además hay mucho que hacer, formalidades, gestiones..., las compras, la lavadora. Y encima también te hace falta más tiempo para cuidarte, simplemente para mantener el cuerpo más o menos en funcionamiento. A partir de cierta edad, la vida se vuelve, sobre todo, administrativa.

  5. 05

    En cuanto llegué al aeropuerto de Almería comprendí lo que iba a ser mi vida durante las siguientes semanas. Hacía ya años que dejaba mi móvil apagado casi todo el tiempo. Cosa de estatus: yo era una estrella europea; si alguien quería hablar conmigo tenía que dejarme un mensaje y esperar a que yo lo llamara. A veces había sido difícil, pero me había atenido a la regla y con el paso de los años me había salido con la mía: los productores dejaban mensajes, los artistas conocidos, los directores de periódicos dejaban mensajes; estaba en la cresta de la ola y pensaba seguir en ella, al menos unos años, hasta que hiciera oficial mi retirada de la escena. Esta vez mi primer gesto, en cuanto bajé del avión, fue conectar el móvil; me sorprendió, por no decir que me asustó, la violencia de la decepción que se apoderó de mí cuando vi que no tenía ningún mensaje de Esther. La única manera de sobrevivir cuando estás realmente enamorado es disimularlo ante la mujer a la que amas, fingir en cualquier circunstancia un ligero desapego. ¡Qué tristeza en esta simple constatación! ¡Qué acusación contra el hombre!... Sin embargo nunca se me había ocurrido poner en duda esa ley, ni pensar en sustraerme a ella; el amor te vuelve débil, y el más débil de los dos acaba oprimido, torturado y finalmente muerto a manos del otro, que por su parte oprime, tortura y mata sin intención de hacer daño, sin sentir placer alguno por ello, con una total indiferencia; eso es lo que los hombres, por regla general, llaman amor.

  6. 06

    Entonces me contó que, dejando aparte a sus doce novias, el profeta concedía a veces a una discípula corriente el honor de pasar una noche en su compañía. La excitación se calmaba poco a poco, los adeptos regresaban a sus tiendas. Patrick se limpió los cristales de las gafas, que estaban empañados de lágrimas, y luego me rodeó los hombros con un brazo, mirando al cielo. Era una noche excepcional, me dijo; sentía mejor que nunca las vibraciones procedentes de las estrellas, las ondas llenas del amor que los Elohim sentían por nosotros; regresarían en una noche semejante, estaba convencido. Yo no sabía muy bien qué contestarle. No sólo nunca había tenido creencias religiosas, sino que ni siquiera había considerado la posibilidad de tenerlas. Para mí, las cosas eran exactamente lo que parecían: el hombre era una especie animal, surgida de otras especies animales mediante un tortuoso y esforzado proceso evolutivo; estaba compuesto de materia configurada en órganos, y tras su muerte estos órganos se descomponían, se transformaban en moléculas más simples; no quedaba huella alguna de actividad cerebral, de pensamiento o, evidentemente, de cualquier cosa que pudiera considerarse espíritu o alma. Mi ateísmo era tan monolítico, tan radical, que nunca había conseguido tomarme esos temas completamente en serio. Durante mis años de liceo, cuando discutía con un cristiano, un musulmán o un judío, siempre había tenido la sensación de que había que tomarse sus creencias, por decirlo así, en sentido figurado; que era obvio que no creían, directamente y en sentido literal, en la realidad de los dogmas propuestos, pero que se trataba de una señal de reconocimiento, una especie de contraseña que les permitía acceder a la comunidad de los creyentes; un poco como la música grunge, o la Doom Generation para los aficionados a ese juego. La fastidiosa seriedad con la que a veces discutían posiciones teológicas igualmente absurdas parecía contradecir aquella hipótesis; pero lo mismo ocurre, en el fondo, con los auténticos aficionados a un juego; para un jugador de ajedrez o alguien realmente inmerso en un juego de rol, el espacio ficticio del juego es algo completamente serio y real, incluso se puede decir que no existe nada más, al menos mientras dura el juego.

  7. 07

    ... luego, como había hecho en todos los momentos difíciles de mi vida, dejé de pensar.

  8. 08

    Podía regresar, pero no me apetecía: esa rutina solitaria, entrecortada únicamente por intercambios intelectuales, que había sido mi vida, que habría debido ser mi vida hasta el final, me parecía ahora insoportable. Tendría que haber alcanzado la felicidad, la felicidad de los niños buenos, garantizada por el respeto a los procedimientos nimios, por la seguridad que derivaba de ese respeto, por la ausencia de dolor y de peligro; pero la felicidad no había llegado, y la ecuanimidad había conducido al entumecimiento.

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